Wednesday, February 24, 2010

Isocronías



Teixeiro et al
Ricardo Yáñez
E
scucho La chava de la Martín Carrera, a cuyo concierto de presentación asistí con una no sé qué sensación de extrañeza y familiaridad: por una parte, la música, las letras, puede decirse provienen de otros tiempos –peñeros, solidarios, protestosos–, de épocas que ya no se sabe si se fueron o más ominosamente han regresado; por otra, tantos de los músicos participantes, no pocos ciertamente amigos míos, nacieron sabe cuánto después de esos antaños.
Escucho ese álbum doble promovido sobre todo por Josué Vergara y auspiciado por Kloacas Komunicantes y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y no obstante mi cercanía –real o nomás, aunque en efecto, sentida– con los colaboradores y mi no tanto pero de todos modos inveterado gusto por la canción, de la grabación en sí, que claro que disfruto, no me atrevo a opinar. Pero sirve de pretexto para referirme a lo ocurrido hace un mes en el Foro Tlalpan. Debido a problemas de espacio, remito a la nota de Tania Molina y la carta publicadas el 28 y el 30 de febrero en nuestras páginas.
Mi testimonio es más bien íntimo. Me temo que, como suele ocurrir con las canciones escuchadas masivamente en vivo, con frecuencia la música tiende a hacer no que nos olvidemos de las letras, las aludidas en verdad enjundiosas, pero sí que el sentimiento sea más bien de disfrutada celebración pese a lo depresivo, trágico, crítico que puedan ser. Mas el efusivo ambiente daba cuenta de cómo para el caso las letras eran precisas de otro modo, como que se traían de antemano en la sangre, quizá como experiencia, y como experiencia no sólo vivida, compartida, sino asumida.
La experiencia, en muchos, de una vida, un trabajo, una entre que callada y gozada misión, a dos o cuatro manos, las de León Chávez Teixeiro, compositor, y su no sé si decir segunda voz, Álvaro Guzmán. La experiencia de años acumulados, ligerísimos en ese momento, en jóvenes y viejos.
En términos de tempo, un concierto sin falla. Ante la insistencia del respetable o la raza, había de todo, en otra, yotra, y otra, temí que lo logrado decayera. Se asentó, nomás, y volvió a subir. Entre el contento de la fuerza y el alegre reposo, todo tenía un aire entre embriagado, atento unificador. Destaco, cómo no, la presencia arrasante, el desgarro de voz de Ángela Martínez, quien a sus ya más bien sabios años, punk apoyada en una andadera ortopédica, puso en vilo el asombrado entusiasmo de los casi incrédulos pero en verdad fervientes escuchas.

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